1 de abril de 2010

Amores y (des)amores

Me confieso una incauta. Caí en la trampa de Disneyland y de las telenovelas Televisa y de los cuentos de hadas y de todos los poetas y de todos los escritores latinoamericanos que pintan al AMOR como el estado más elevado del ser humano, como el punto de encuentro de toda persona con la felicidad, como la más importante meta por alcanzar, como el cielo mismo con una luna llena y todas las estrellas y una que otra fugaz, como esa lámpara de inagotable aceite (perdón, Jaime) del siglo XIX que vivirá encendida hasta el XX y el XXI y así sucesivamente hasta el final de los días.

¿Debería ser menos bochornoso si digo que al menos sé que no soy la única? Es decir, las canciones pop y las películas y todo lo mencionado anteriormente no sólo tienen poder sobre mí. Hay más brutas –y brutos– como yo que se van con la finta. Hay más como yo que se quedan con esa idea taladreándoles la cabeza. Con todo lo molesto que es que un taladro te de en la cien, en la nuca, en la frente, en medio de los ojos, dentro de la nariz y dándote justo en la muela picada, etcétera.

Existe cierta persona que me ha pedido que omita su identidad en este blog. Casi lo he logrado. Cuando no, ha sido es porque me gana la emoción; sin embargo, casi siempre hablo superficialmente de él. Me he cuidado de no relatar nuestras cosas: aventuras hoteleras, paseos, violaciones a la ley, peleas, encuentros y desencuentros. Me he referido a él muy superficialmente, cuando quisiera gritarlo y presumirlo al mundo.

Tal vez se deba a que la experiencia nos ha mostrado lo importante que es guardar silencio sobre ciertas cosas (sobre todo cuando hay personas que te espían y usan la informacion malaondamente y te lastiman y te juzgan y te chingan).

Nunca había tenido una relación tan complicada como la de ahora –ni he tenido tantas, serias, lo que se dice serias nomás 3, contando ésta–. He de aceptar que cada que pasaba algo malo con el sujeto A pensaba seriamente en mandar todo lo construido a la chingada, dejarlo a él en paz y yo tener un poco de respiro y volverme a la soltería.

No lo he hecho porque hay algo emocional muy fuerte, algo que tiene que ver con amor, confianza, lealtades, sonrisas y cosas. No es fácil esto de emparejarse. Ahora sé que no es sólo alegrías y felicidades y risas y futuros hermosos, llenos de arcoiris y corazones flotando. Ojalá que sí. Ojalá que sólo fuera tomarse de la mano, besarse en un parque, correr bajo la lluvia, leerse poesía, hacer el amor mirándose a los ojos. Todas esas minucias que tan bien había yo aprendido a poetizar.

Pero no, no lo es.

Esto de los acuerdos que concluyan en una felicidad mutua está bien cabrón. No sólo son mis egoísmos o mis caprichos o mis necesidades o mis arrogancias o mis inseguridades o mis miedos o mis certezas o mis juicios o mis prejuicios o mis emociones o mis pretensiones o mi tiempo o mis fantasmas o mis cosas materiales o mis ideas o mis creencias. También son las del otro.

A veces pienso que es falta de experiencia. Hay muchachas que saben bien qué hacer con su pareja y cómo tratarlo. Yo soy más bien rebelde y gritona. Neurótica, dicen unos. Egoísta, dicen otros. Y es horribilísimo es que todas esas descargas de desacuerdos y malas vibras rondándonos y neurosis hacen que nuestras energías se desgasten.

¿Y entonces se tratará de encontrar a alguien con los mismos egoísmos, caprichos, necesidades, arrogancias, inseguridades, miedos, certezas, juicios, prejuicios, emociones, pretensiones, tiempo, fantasmas, cosas materiales, ideas y creencias?

Y aquí.

1 comentario:

Abril dijo...

me gusta como escribes... :_d