27 de julio de 2008

cosas de herencia

Estaba lleno de odio. seguramente le habían matado a alguien, lo habían traicionado o traía dentro un trauma infantil, tenía cincuenta y tantos años, 8 hijos y una esposa que le había dejado de hablar tiempo atrás. siempre andaba de pistola. se lucía frente a sus hijos y ellos celebraban su "mirada de águila", su oído de pantera, su sangre fría. lo presumían. y como todo el mundo le temía no podían desmentir a los escuincles o callarlos de una vez.
Estaba lleno de odio y no le creía a nadie. salía cada noche de su casa y aparecía casi al amanecer, cayéndose y echando tiros al aire, baleaba igual dentro de su casa. ella también salía cada noche. después de acostar a los hijos agarraba un suéter grueso y se subía a la camioneta gris con placas de tamaulipas que cada noche se estacionaba frente a la puerta de su casa a esperarla. ella se aprovechaba de la embriaguez de él para entrar sin que él lo notara.
Los niños ya no lo eran tanto. la mayor tenía 16, le seguía el de 15 y después los otros 6 cuyas edades distanciaban por dos años, el más chico tenía 3. cuando su madre se iba se levantaban, unos -los más chicos - se iban a jugar al establo y los otros se quedaban en el cuarto, hablaban e iban quedándose dormidos. todos dormían en la misma cama, compartían alientos, entrecruzaban piernas, respiraban sudores y sí, ocurría que sin querer se tocaban.
Aunque ella creía que no, él sabía que salía todas las noches a quién sabe qué lugar. lo que sí es que conocía al dueño de la camioneta. un novio de ella que durante su juventud se había ido al norte a buscar suerte y había vuelto como presidente municipal y ayuda de narcos. evidentemente había regresado con una guapa tamaulipeca, jovencísima, güera, altota y buena para madre. pero como pasa casi siempre, él estaba enamorado de otra que ahora estaba casada, vieja y más triste que una lágrima.
Esa noche él decidió espiar su salida desde un paraje cercano y esperar a que volviera. tenía que juntar pruebas para alegar que había sido en defensa propia, que estaban invadiendo propiedad ajena, que estaban quitándole a su vieja. pero afuera hacía frío así que se metió a la casa para servirse un café. al entrar vio a los más pequeños apiñados en la puerta - cerrada - contó seis cabezas inquietas, 12 oídos que querían pegarse a la puerta para atravesarla y sentir en sus oídos el sudor de la carne joven que choca suave, los gritos infantiles de gargantas incestuosas, la amargura de dos lenguas que en la más joven infancia habían compartido el mismo seno.
Él supo que pasaría, lo sabía. era como una herencia. quitó a los pequeños y de uno en uno los encerró en el otro cuarto. destrabó el seguro a pistolazos. ella llegó a tiempo para mirarlo llorar. los hermanos no hicieron nada, se quedaron uno encima del otro. él le había advertido a ella que ya no iba a poder contenerse y como las veces anteriores sabía a qué hora, pero al escuchar los balazos se dejó venir. ella la madre - fue la que separó, gritó, ordenó las cosas y decidió el futuro.
Después de nueve meses, se convirtió en madre de 9. los hermanos nunca volvieron a estar juntos, ella se embarazó y la mandaron lejos, mientras cumplía la gestación, a un convento. a él lo enviaron a la ciudad. se veían de vez en cuando pero nunca se miraban a los ojos, estaban avergonzados.
Él construyó un cuarto donde ella dormiría con las niñas. ni ellas ni los pequeños supieron bien lo que pasó, lo intuían, pero con el tiempo lo olvidaron. los padres murieron poco después: él cuando terminó el cuarto nuevo, decían que lo habían matado pero la verdad es que le había pagado a alguien para que lo hiciera, no se había atrevido a suicidarse; ella unos cinco años después de soledad y culpa.
Hoy los hermanos están casados cada uno por su parte. También el hijo. Ellos están por los 60 y él por los cuarenta y tantos.
Ahora la familia completa se reúne y se ponen a contar cosas sobre sus hijos y temen dejarlos solos porque la última vez fue muy feo cómo los encontramos, los niños aprenden muchas cosas de la tele.
era una cosa de herencia.

1 comentario:

G. Zejel dijo...

Una siempre acaba enculado con aquella que es más triste que una lágrima. ¿Será?